a de niebla

 

DIA DE NIEBLA


De rodillas rindo homenaje al día
postro mi agradecimiento pleno ante la mañana que comienza,
día de niebla
día de invierno
día de convalecencia.
La brisa que mueve las ramas desnudas
trae hasta mí el repiqueteo tenue
de gotas de agua erráticas
que, indolentes, intemporales, se dejan caer
sobre el tejado de mi cabaña.
Los árboles pacen, envueltos en la niebla,
sombras irreales, con su tropel de ramas agitadas,
pintando mi ventana con las sales de plata
de una copia desvanescente.
Oh día, oh vida, oh naturaleza plena de las cosas que me rodean,
del campo que duerme a mi alrededor,
del regocijo que baila solitario en mi pecho
percibiendo las cosas simples que me rodean,
la luz grácil y delicada, transparente, que cubre el frente de mi ventana,
ventana de cabaña, de higuera, de eucalipto hoy, de ciprés bamboleante,
de olivo de pelambrera alborotada.
Sí, mi cabaña se llenó de niebla.
Bendito este día que comienza,
bendito este día que me siento vivo,

benditos vosotros que en algún rincón de mi alma
sustentáis la razón incierta de mi existencia,
vosotros, amigos, amantes, hijos;
vosotros árboles, campo en barbecho,
luz divina extendida, esta mañana,
como una aguada sobre el lienzo de mi ventana.
Caña índica de hojas tronchadas,
castigadas por el frío y la tristeza inevitable del invierno;
acacia desnuda, escueta, punzante,
llena de la luz brillante que gotea en tus ramas todavía llenas de rocío;
olmo amigo que escondes en tus ramas
la forma divina de un cuerpo de mujer,
que acaricias con movimientos leves
el capuchón de mi chimenea,
que llenas tus brotes con el columpio translúcido del agua errática;
ah, tú, mirlo curioso, que saltas en mi jardín
buscando el desayuno temprano de las olivas negras y arrugadas
que quedaron olvidadas en la pelambrera verdioscura
que preside el campo blanco, la nada acaso, más allá de la valla de alambre;
y la urraca de rabo largo y salto inquieto que adoptó,
apenas hace un año, nuestra parcela como hogar,
y que ahora usurpó el nido de la oropéndola
sobre las ramas altas del olmo viejo junto a la leñera;
la leña llena de agua, una farola que hace años dejó de lucir,
algunas sillas de resina blanca abandonadas entre los árboles.

Una mañana encantada llena de silencio y brisa y agua,

la mañana está ahí,

frente a mis ojos, como una fiesta,
dentro de mí,
y yo dentro de ella;
Ella y yo la misma cosa fascinada ante el hecho simple de la vida,
fascinación de invierno,
fascinación de saberse simple, extremadamente perecedero,
cadáver elemental, como el de ese gorrión
que cada invierno me encuentro bajo el alero del tejado de mi casa,
fascinación de saber del delicado asunto de la existencia
con la mirada limpia y humilde
del que entre una nada y otra juega a saltar por el campo
y a hacer de sus días un placer leve y armonioso.

17/01/2004

 

 

 

 

 

 

 

ME GUSTA TU CUERPO

Me gusta tu cuerpo.
Y lo que hace tu cuerpo
-bendito encuentro,
bendito yacer entre tus brazos-
Y saber que hombres y mujeres
no quieren, no, otra cosa
que cuerpos, que besos.
No quisiera morir
sin la certeza del tacto satisfecho
sin la certeza de haber convertido mis sueños
en sudor, en caricias, en besos.

Amo la vida que palpita en tus manos,
la mía propia que corre
en busca de la tuya
en pos del rastro que deja
el olor de tu cuerpo.
Calor, frío, miedo, deseo.

La luz del crepúsculo baila en el aire,
se derrama sobre tu espalda,
la tarde se extingue a lo lejos.

Chorrillo, Primavera 2003

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

OLOR A MAR

El eterno presente del mar
roza la mañana de mi paseo,
mece mi pranayama matinal frente a las olas.
Sabe a Asturias
el mar de hoy,
a invierno,
a paseos tempranos
en la playa desierta
de cuando Guille era peque
y corríamos por la arena
a ver quién ganaba a quien.
Sabe a intemporalidad,
a rumor de agua
que llena de fragor el aire,
lo ahueca, lo escarda, estalla
y corre, fiesta de trombones y timbales,
como un torrente que se alejara
por la concavidad del valle,
brioso, determinante,
acariciando con su cola de dragón
otras instancias de la playa.
Y yo miro desde mi oscuridad
de ojos cerrados
el tiempo que no existe,
el presente que baila
al empuje rítmico del mar tranquilo,
y recuerdo el mar
de cuando Guille era pequeño
de cuando Mario y la cara pepona y coloradota de Lucía
con su cara ceñuda de enfado,
posaban en los brazos plenipotenciarios de su madre,
(orgullosa ella frente al mar
con un jersey de bandas blanquiroja),
como dos elfos de ojos de plato
que estrenaran mundo.
Miro el tiempo de cuando el mar era intensamente azul,
o naranja
o gris perla,
y nos acunaba en la noche
con su vaivén de olas
y su titilar de estrellas cantarinas
y, apiñados y mecidos
en la oscuridad sonora del Cantábrico,
nos decíamos buenas noches con un beso,
el de ahora a la vera espléndida de ese eterno presente de hoy.

Pisco (Perú), 21/10/02